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martes, 12 de febrero de 2013

FÁBULAS CONTEMPORÁNEAS

El Sr. Vidal, dando pasitos cortos y bien orientados, llegó a su meta. ¿Quién iba a pensar que un humilde cortador de forros iba a crear una gran empresa? 

Cuando yo salia del colegio, después de merendar, solía ir a su casa a jugar con Antoñín el menor de sus hijos. 
Poco después, sonaban las sirenas de las fábricas anunciando la salida de los trabajadores, y sin pérdida de tiempo, el Sr. Vidal, canturreando como era su costumbre,  llegaba a su casa después de su jornada de trabajo. 
Mientras se duchaba, su esposa Josefa, le preparaba una merienda-cena que él se engullía en un plis plas,  y con el último bocado se encerraba en un cuartito que no tendría mas de diez metros cuadrados, por cuya ventana, que daba al patio donde nosotros jugábamos, se escapaban y llegaban a nuestros oídos las notas de sus cánticos, sobre todo cuando de su variadísimo repertorio empezaba con la zarzuela, momento éste en que elevaba considerablemente el diapasón.

 Tenia un semblante serio que intimidaba, pero volviendo mi mirada de forma restrospéctiva hacia él, solo veo a una bellísima persona.

 En aquel cuartíto de la casa, con los retales desechados por las fábricas, que sin embargo  para él todavía tenían utilidad, confeccionaba zapatítos de chicarro para niños que empezaban a andar. Así, día a día, semana tras semana, le fue aumentando la demanda, hasta llegar a tener una de las mejores fábricas de calzado de niño, ya a todas las escalas.

No le llegó el triunfo de inmediato, teniendo que sortear muchas vicisitudes, dadas las crisis a las que nos tiene acostumbrados este sector de la producción, pero pudo superarlas todas, gracias a lo que siempre habia sido su consigna  "Prudencia". El Sr. Vidal, no hacia referencia a la Prudencia como tal. Él se limitaba a aconsejar a sus hijos diciendo: "Olivica comia, huesesico al suelo".

La lucha de los dos hijos mayores para conseguir la aprobación del padre en cuanto a llevar a cabo sus personalisimas ideas, siempre fracasó ante la oposición del padre que tenia muy presentes las enseñanzas que le habian dado todos sus años de experiencia, hasta que, ya viejo, tuvo que dejar las riendas del negocio en manos de sus hijos que deseosos de demostrar que sus iniciativas eran las más acertadas, dieron rienda suelta a todo lo que teóricamente consideraban como bueno, a pesar de saber que su padre siempre se había opuesto.

Conclusión:

La marca de calzado que tantas glorias había dado a la família se fue a pique, quedando todos en la mas espantosa ruina, teniendo el Sr. Vidal que ceder hasta su propia casa para cubrir parte de la deuda que generó el fracaso, viviendo de favor en ella hasta su muerte, gracias al buen corazón del acreedor que se la adjudicó, mientras que los hijos dejaron de ser empresarios para pasar a ser trabajadores, es decir, todo lo contrario que había ocurrido con su padre.

 "EL DIABLO SABE MÁS POR VIEJO QUE POR DIABLO",  Y EN LA VIDA, COMO EN EL NEGOCIO, SIEMPRE QUE VAYAMOS A INICIAR UN NUEVO CAMINO, TENEMOS QUE TANTEAR CON MUCHO TACTO  PARA NO DAR UN TRASPIÉ.

HIJOS, ESCUCHAD SIEMPRE EL CONSEJO DE VUESTROS PADRES.


domingo, 24 de abril de 2011

LA ESQUINA DEL GUARDIA Y EL TIO ATAULFO


Ya que estoy en la racha, quizás fuese el momento oportuno de hablar un poco más sobre mis vecinos y mis amigos en las diferentes etapas de mi vida, pero también creo que debiera hablar de mi pueblo, de su forma de vida, sus costumbres, su carácter, sus tradiciones, sus leyendas....

Como todo lo que cuente será en su mayoria parte de lo que he vivido, también servirá para que me conozcais un poco mejor, sabiendo como sabéis que si en algo siempre me he excedido es en la sinceridad.

La foto de la Esquina del Guardia que estáis viendo, se haría, sin duda, más de veinte años después de los hechos que voy a relatar en esta entrada. Lo sé porque, como observaréis, aparece un automóvil Simca 1000, y este coche empezó a venderse junto con los deslumbrantes Dogge Dart algo después de haberme casado, por lo que la foto data de más de veinte años después de nuestro paso por esta esquina en los tiempos de mi relato...

...Mis padres no me habían otorgado todavía el visado para deambular por mi cuenta por las calles de mi pueblo y solían llevarme pegado a ellos a todas las partes a donde iban, especialmente al cine en los días festivos, así como al Casino Eldense los domingos por la mañana después de misa, obligación ésta que trataron de arraigarme.

También era una costumbre pasear por el campo las tardes de invierno soleadas, aprovechando el paseo para hacer un abundante acopio de linsones, con los que se preparaban unas ensaladas muy nutritivas.

Entre las salidas que hacía con mis padres, me encantaba acudir a casa de D. Luis Azorín y Doña María Juan, especialmente a su casa de verano, una finquita muy bien cuidada situada en el camino de la estación, junto a la casa de Dª Bienevenida Juan, hermana de D.ª Maria. A todos ellos, a sus hijos y a aquel lugar dedicaré un artículo por entero porque sin duda lo merecen y quizás pueda seros interesante.

No obstante a lo dicho, de forma tácita mis padres ya empezaban a permitirme alguna escaramuza sin tener que dar mas explicación que "vuelvo enseguida." Incluso en alguna ocasión si me venían a buscar y veían que estaba jugando felizmente, me permitian quedarme con los amigos recomendándome que no me alejase y que si me apetecía merendar lo hiciese en casa de mi abuela.

Mi mundo fuera del colegio y de mi vida familiar se limitaba a un entorno que no superaba mi calle y las adyacentes, salvo los itinerarios que ya había recorrido con mis padres de forma reiterada. Sabia como ir al Casino Eldense, a la Iglesia de Santa Ana, incluso a la casa de verano de D. Luis Azorín, que ya estaba a una respetable distancia de mi casa y en su itinerario habia que pasar por toda la calle de San Roque, hasta desembocar en la Avenida que conducia al puente que daba inicio al camino de la estación, a la sombra de la mole de un grandísimo Castillo del que cuando fuí ya un hombre maduro solo quedaba parte de la torre del homenaje, tal fue la desidia de los habitantes de aquellas laderas desoladas, que construyeron sus viviendas con los materiales que erosionaban del Castillo ante la inoperancia de unos alcaldes que nunca demostraron el menor interés por mantener esa reliquia, aunque creo que por fín se ha hecho algo en su favor. Más vale tarde que nunca.

A poca distancia de la base de la ladera que como cortada a pico servía de base a aquella mole, con incipientes muestras de su inmediata ruina, un puente montado sobre pilares y arcos de piedra en silleria, con barandillas de hierro forjado adornado de algunas filigranas, daba paso a la otra orilla de nuestro histórico rio Vinalopó al que por cierto, algunos sábios de la última hornada han querido arrebatar la autoria de la muerte en sus aguas por ahogamiento del famoso Amilcar Barca, aduciendo inocentemente que en un rio tan poco caudaloso no podia ahogarse un tan famoso personaje. ¡Como si los ríos no cambiasen a lo largo de los siglos! ¡Ya quisiera haber visto a estos analfabetos con su toga y birrete en medio de las aguas de este río cuando se le ocurre tener una crecida! Yo he visto más de una en que las aguas han pasado por encima de sus altisimos arcos a pesar de su anchísimo cauce, en las que el río podia haber ahogado a Amilcar y a todo su ejército, pero siempre habrá quien dé un diez a estas eminentes lumbreras por sus excepcionales dotes de observación.

Al hablar de avenidas no vayais a creer que eran como las de ahora; por aquellos tiempos no había ninguna calle asfaltada y al hablar de avenida nos referiamos a las calles más anchas, aunque en general todo eran caminos de tierra que se encharcaban y embarraban cuando llovia, para desdicha de nuestros padres y alegría nuestra, que jugábamos sin límite poniendo barreras a la corriente con piedras y barro, hasta llegar a hacer magníficas obras de ingenieria.

Nuestros padres sabían de nuestros juegos y permitían que nos dejáramos llevar por nuestra fantasía. La calle estaba practicamente exenta de peligro. Hay que tener en cuenta que en los tiempos de los que hablo, el parque móvil de Elda se limitaba a dos coches de punto, que así se llamaba a los táxis, uno de Faustino y otro de un alemán o austriaco afincado en Elda; una furgoneta propiedad de Emiliano Bellot, tío de mi amigo Paquito Bellot y dos automóviles, cuyos propietarios eran D. Antonio Porta Rausa y D. Paco Vera Santos, uno fabricante y otro viajante de calzado, y en cuanto a motos sólo había una de 0.75 cc. de marca Moto Guzzi-Hispania que le compró Maxi Aguado, el fabricante de hormas, para su hijo cuando cumplió la edad para poder conducirla y dos Lubes de 1,25 cc. que causaron furor.

Habrá que comprender que la tranquilidad de las calles era casi absoluta en lo que se refiere al tránsito motorizado, si exceptuamos el tramo de carretera general Madrid-Alicante, que discurría por la calle Jardines y la Avda. de Chapí que logicamente estaban más concurridas y por las que logicamente nos tenían prohibido transitar.

Desde muy temprano por la mañana, hasta que se encendían las luces eléctricas había, de forma permanente, un guardia dirigiendo el tráfico. La plantilla de Municipales- que así se llamaba a los Policías Locales de aquellos tiempos- no creo que llegase a diez, y eso que había un guardia fijo en el Mercado y otro en la puerta del Alcalde, lugar que ocupó "Lino" hasta que se retiró, aún así a todos nos parecia que eran demasiados, tal era la paz y la tranquilidad que se respiraba, mientras que hoy no estamos seguros con nunguna salvaguardia. ¡EL PRECIO DE LA LIBERTAD!

De todos los guardias que dirigieron el tráfico en esa esquina, destaca el inolvidable "Barrilico"; ancho de espalda, corto de cuello, bajo de estatura y cara agradablemente simpática que gesticulaba y bailaba al son de su silbato, toreando como aquel que dice las grandes moles que ya empezaban a pasar por nuesto pueblo, de las que alguna, tuvo que hacer infinidad de maniobras para poder tomar el giro de la esquina sin llevarse por delante la tienda del sastre que me hizo el primer traje de mi vida, que en la fotografia permanece cerrada y en cuyos muros aún se pueden apreciar los restregones de algún que otro camión.

Creo que fue la época del Barrilico y de Brotóns la que coincidió con el desvió de la carretera, disminuyendo muy consideráblemente su tráfico, y aunque el guardia siguió acudiendo a la esquina, ésta nunca volvió a ser lo que fue, aunque lo siga siendo en mi recuerdo.

A espaldas del guardia, que siempre daba frente a la calle Jardines, y ocupando un pequeño espacio de la tambien pequeña y destartalada placita que allí había, se instalaba un carrico con toda clase de frutos secos, pandehigos, altramuces, anisicos, caramelos, estrato y regaliz, entre otros artículos. Lo regentaba un hombre de amplio mostacho cuyos extremos ensanchados como si fueran aspas, amarilleaban por el humo del tabaco. Su semblante recordaba a lo que no sé por qué mi imaginación me sugiere como un soldado de fortuna o un filibustero, aunque su caracter era apacible y su faz predispuesta a la sonrisa amable. Es sorprendente que con la edad que yo podía tener recuerde hasta el último detalle de su aspecto, incluso de su atuendo, con aquellas camisas de felpa, chaleco con bolsillitos y pantalón de pana marrón o gris cubriendo un cuerpo enjuto de casi 1,7o de altura. Calzaba alpargatas sin calcetínes y cubría su cabeza con una gorra que cuando se la quitaba para secarse el sudor dejaba a la vista una galea aponeurótica totalmente calva y ostensiblemente blanca, por estar casi de continuo protegida del sol.

El carrico del Tio Ataulfo, que así se llamaba, quien gracias al milagro de la palabra vuelve a renacer, estaba en línea con uno de los laterales de la placita, en cuyo fondo, siempre mirando desde la espalda de nuestro guardia de turno, había una fuente. A ella es adonde normalmente acudian mis hermanas y también a veces mi madre a abastecerse de agua para beber y para guisar, ya que la que llegaba a las casas tenia un sabor perverso y nunca se utilizaba para el consumo humano. Yo acompañaba a veces a quien fuera a la fuente, pero si podia lo evitaba porque generalmente habia que hacer cola y nunca me gustó tener que esperar, aunque me gustaba oír después las historias que contaban mis hermanas sobre lo que había ocurrido en la fuente, de las que yo, a pesar de estar allí, ni me había enterado.

En la casa que hacía esquina con la placita, en cuya planta baja muchísimos años después se instalaría la Armeria Torres, justamente a la derecha del carrito del Tio Ataulfo, según la referencia que ya conocemos, ocurrió un luctuoso suceso que fue muy famoso por lo macabro.

Un miembro de esa casa, varón, sin motivos que pudieran paliar tan desdichada decisión, se ahorco dejando balancear su cuerpo sobre una inmensa hoguera que previamente habia prendido debajo de donde tenia que quedar colgado su cuerpo.

Unos y otros, de las más distintas formas, van desapareciendo sin dejar más rastro que el recuerdo que pueda quedar de ellos en los que los quisieron de su inmediata generación y quizás, si lo hay, lo que alguien como yo pueda sacar a la luz sesenta y tantos años después; los que se van, siempre dan paso a los que llegan, aunque con los que se van, algo nuestro se va también. Mis deditos aún tratan de conseguir una pipa de girasol a través de la malla metálica que protegia aquellos frutos secos. Nunca lo lograron pero aún están ahí debatiéndose sin éxito, aunque ahora sé que hubiese bastado con pedírsela.

El Tio Ataulfo, del que estoy seguro que nadie se acuerda, ha pasado conmigo y espero que también pase con vosotros un buen rato, recordando aquellos tiempos, que por lo difíciles, tanto nos enseñaron a valorar hasta la mas pequeñas de las insignificancias.

LA PAJA PARA LOS CABALLOS DE LOS REYES MAGOS


La memoria es como un gran desván donde se guarda lo que no es cotidiano, y también lo que dentro de su cotidianidad, en un momento determinado nos impactó de forma especial.


También se guardan los momentos que nos causaron satisfacción; los que tuvieron a flor de piel nuestra sensibilidad; los que nos hirieron y decepcionaron provocándonos desdicha; los que nos hicieron sentirnos orgullosos...


A la memoria no le gusta guardar ciertos recuerdos, pero no puede eludirlos. Aún así, procura que cuanto más nos puedan avergonzar, mejor escondidos queden; mas angosto y oscuro sea el lugar donde se escondan. Los demás recuerdos, los de dichas infinitas y los de tristezas livianas, pululan por doquier, y por su abundancia, a veces, pasa mucho tiempo antes de que los volvamos a reencontrar.
Los más dificiles de hallar, que casi siempre vienen a ser los que más nos sorprenden, son los que vuelven a nosotros de forma imprevista, como un flash que da luz a la memoria, a la que acuden unas imágenes, a veces desdibujadas, que van abriéndonos sus puertas hasta descubrirnos lo que ni siquiera sabíamos que estaba en el inventario de nuestro consciente; algo a veces tan lejano que dudamos si será realidad, llegando a atormentarnos el no poder comprobarlo, cuando no podemos encontrar a quien nos lo corrobore, por estar muertos todos los que podían haberlo hecho.

Siendo adolescente tuve una experiencia que me impresionó. Al hervir, la leche con la que mi madre iba a preparar los desayunos, se desbordó consumiéndose parte de ella al intenso calor de la plancha de hierro de aquél fogón antiguo que a veces llegaba a ponerse al rojo. El olor de esa leche vertida y chamuscada me trajo el recuerdo de mi propia imagen con no más de dos años de edad. Estaba junto a un hombrecito no mucho más alto que yo, que me hacía carantoñas. Sus manos, su ropa, todo él olía a leche y había llegado a mi casa en un carro tirado por un caballo algo mayor que un poney. Me ví subido en el carro y llevado a una casa de campo donde había toda clase de animales y supe que me sentia muy feliz en aquel ambiente.

Me faltó tiempo para contarle a mi madre mi visión y ella, algo sorprendida de que hubiese podido acordarme de ello, me contó que cuando aún era yo muy pequeño, tanto que quizás solo chapurrease algunas palabras, venía a casa un lechero al que se le conocía como Juanico El Cabrero, que tenia amputadas las piernas por debajo de las ingles, protegiendo sus muñones con unos cueros que los envolvían. Aún así daba pasos cortitos cuando media la leche y tenía una agilidad fuera de lo común cuando tenia que subir o bajar del carro.

Juanico "El Cabrero" murió y su ausencia desvaneció su imagen, volviendo a mí catorce años después, porque un olor fue la llave que abrió la puerta de su recuerdo.


Me alegró haberlo recordado y me alegró de que mi madre me hablase sobre él. Había sacado adelante a su familia y a pesar de su supuesta invalidez segaba, alimentaba a los animales, pasturaba, ordeñaba a las cabras y después vendía la leche y los quesos, así como la carne de los animales que sacrificaba, apoyado en sus dos muñones y en los nudillos de sus manos encallecidas, que le arrastraban por el suelo mucho mas ostensiblemente que si fuera un simio.

YO CREO QUE SE MERECE ESTE RECUERDO Y QUIZÁS PUEDA SERVIR DE EJEMPLO PARA QUIEN POR DESGRACIA PUEDA ESTAR EN UNA SITUACIÓN SIMILAR A LA SUYA. PORQUE SINCERAMENTE CREO QUE PRECISAMENTE POR SER COMO ERA Y POR ESTAR COMO ESTABA, GOZÓ MAS INTENSAMENTE QUE CUALQUIERA DE NOSOTROS SUS PEQUEÑAS Y GRANDES SATISFACCIONES.

En mi relato anterior, tuve que hacer esfuerzos para no desviarme de la historia que quería contar. Conforme describía el entorno del lugar donde se estaba iniciando y de inmediato iba a concluir la mayor aventura de mi vida, hasta ese momento, brotaban de mi mente tal cantidad de recuerdos, que si hubiese dado rienda suelta a mi deseo y hubiese hablado de todos ellos, no habría podido concluir lo que en un principio habia empezado a contar. Me abstuve de ello entonces, pero tampoco quiero que se quede en el tintero nada de aquello que por la fuerza con que a mí acude, considere que merece salir a la luz, con la esperanza de que de todo ello, haya algo que pueda serviros si es que quereis aprovechar la experiencia ajena, que ojalá para el mal siempre así fuera y podría ser, si fuéramos mas dóciles y no nos empeñásemos en sufrir en nuestras propias carnes lo que podíamos haber evitado con solo haber hecho caso a quienes sobre ello nos aleccionaron, confiados siempre en sus sabios consejos.

Vuelvo a hacer por tanto alusión a la Funeraria que habia en la C/ Eugenio Montes, frente a donde se ubicaba la Fábrica de Productos Químicos "Karola" Y A LA DERECHA ENTRANDO, DE LO QUE MUCHO DESPUÉS SERIA Y YA NO ES LA FÁBRICA DE ZAPATOS DE JUAN VIDAL BAÑÓN, padre de mi gran amigo del alma Antoñín, El Cabecilla, hoy monje en el Monasterio de Silos desde ya hace más de cuarenta años... , y decía que los días cinco de Enero de cada año, acudía a pedirle un poco de paja al encargado de de los caballos.


Entre otros, había dos negros impresionantes que siempre formaban pareja en la carroza fúnebre de los hombres, (me imagino que sabréis que había otra para las mujeres y otra para los niños, toda ella blanca como la pureza), ambos caballos eran preciosos, pero de ellos, uno era amigable y dócil, por lo que era mi preferido. Sin embargo, curiosamente, solo recuerdo el nombre del más arisco, del mas antipático. Se llamaba "GAONA". El olvidar los nombres que con más motivo debiera recordar es algo que se repite en mi, de forma tan reiterada, que me siento culpable de tales irreverencias, teniendo en cuenta que mi olvido, a veces alcanza a personas que han tenido mucho que ver en ciertos aspectos de mi vida, mientras sin ningún motivo, aparente o real, recuerdo nombres y secuencias intrascendentes. En verdad quisiera llegar a comprender el motivo de este misterio. Y mira por donde en este instante, me acabo de acordar del nombre del otro caballo; de mi preferido: "JEREZANO" Negro como el alma del demonio y tan bueno y noble como no encuentro palabras para describir.

El pedir la paja para los Caballos de los Reyes Magos, y con esto pueden darse ustedes una idea de lo jovencito que debia ser por aquel entonces, se debía a que el regalo que más he ansiado a lo largo de toda mi vida era un toro de cartón piedra que habia expuesto en una tienda que se llamaba Muebles Flori, situada junto al inolvidable Hotel Juanito en la Calle entonces Jardines, luego Queipo de Llano y de nuevo Jardines, salvo que dado el Gobierno actual no la hayan bautizado como calle de La Pasionaria o vaya Vd. a saber.


La estampa de ese toro era mi obsesión y su imagen la he recordado a lo largo de toda mi juventud y aún la recuerdo.

Lo perdí porque los Reyes Magos se enfadaron al ver que no habia dejado algo de comer para sus caballos...¡Qué buena excusa para unos padres a los que sólo les alcanzó para comprarme una vaquita no más grande que un chihuahua, asentada sobre una tablita con cuatro ruedas sobre las cuales se deslizaba la miniatura si se la empujaba adecuadamente.
Cuando veinticinco años después mi hijo Tomás insinuó su deseo por un caballo de juguete, le compré el mas hermoso caballo que encontré en las mejores tiendas de Benidorm, donde por entonces residia. No sé si el se acordará tanto de su caballo, como yo del que nunca tuve, pero lo que si estoy seguro es de que él no aprendió ninguna lección, ni maduró como yo maduré al comprobar que no siempre se alcanzan los deseos.

Y es que por entonces, como está empezando a ocurrir ahora, cualquiera se daba por dichoso si podía llegar a fin de mes habiendo cubierto sus más elementales necesidades, siendo una bendición la dicha inigualable de tener un empleo con el que poder sacar adelante a la familia.


Por eso, en esas circunstancias, cualquier gasto accesorio como los regalos de "los Reyes Magos", por muy tradicional que fuera y con una familia númerosa como la mia, era un suplicio para cualquier padre que no soportase ver la desilusión en los ojos de sus hijos.




De ahí esa mentirijilla sobre la comida de los caballos, que solo descubri años más tarde, pero que mientras tanto sirvió para que comprendiera la causa de mi fracaso, aceptase el escarmiento y a partir de entonces no solo tuvieran la paja, sino tambien los rosigones de pan que iba guardando, así como la ración correspondiente de agua que les preparaba en un par de calderos, poniendo a mis padres en un verdadero apuro al dejarlos sin excusa en los años sucesivos.

sábado, 23 de abril de 2011

OTRO ESBOZO DE MI NIÑEZ


Mi querida Elda, mi pueblo natal, donde empezó a forjarse mi carácter y donde emulé en sueños a todos los genios del universo, sintiéndome capaz de ejecutar las más extraordinarias gestas desde la más tierna edad, en que recuerdo haber querido emprender un viaje a las selvas más remotas del África Central, donde suponía que debía residir Tarzán de los Monos.

Mi edad, la suficiente como para creer poder hacer ese viaje, acompañado de mi mejor amigo por aquel entonces, Paquito Bellot, a bordo del postigo de una ventana, pintada de verde, de madera maciza, de esas que por aquellos años aún se fabricaban, a la que mi hermano Gillermo, once años mayor que yo, me había prometido acoplar unas ruedas que nunca tuvo el tiempo ni el dinero necesarios para ejecutar, quedando el trabajo sin ultimar y con él, mi sueño roto.
Ante los continuos aplazamientos, decidí y pude convencer a mi amigo para que partiésemos al día siguiente, que por ser jueves, no teníamos colegio por la tarde.

Como el supuesto coche estaba sin ruedas, éramos conscientes de que no podríamos subir en él aunque alcanzásemos trayectos cuesta abajo, pero siempre podría servirnos para acarrear, aunque fuese a rastras, los útiles y alimentos que teníamos que llevar en el viaje.

La víspera estuvo llena de nerviosismo, sobretodo para mi amigo, que aunque se dejaba llevar, no estaba tan convencido como yo del éxito que iba a tener nuestro viaje. Además en tan poco tiempo teníamos que conseguir todo cuanto podía hacernos falta, tal como una mochila o una buena bolsa, lo suficientemente fuerte como para que no se rompiese al rozar con las ramas de los árboles, un buen cuchillo que cortase bien, una linterna, una cuerda de dos metros por lo menos, dos cajas de cerillas, una vela, una botella con agua, un par de barras de pan y algunas onzas de chocolate. No haría falta mucho más porque inmediatamente que llegásemos a la selva podríamos alimentarnos con los plátanos y todas las frutas que allí colgaban de las ramas.

A la hora convenida nos encontramos en el portal del patio de David Rico Rico, un niño algo mayor que yo, que después tuve la dicha de que me brindase su amistad, que duró hasta su muerte. El padre de este inolvidable amigo se llamaba D. Recaredo Rico y era el aparejador del Excmo. Ayuntamiento de Elda, quien con su esposa Doña Adelina Rico, formaron un matrimonio que a mi criterio, mientras los conocí, fueron un modelo en cuyo espejo, aspiraba verme reflejado cuando llegase a formar una familia.

Mi amigo Paquito, no vino provisto más que de la merienda y yo lo único que pude conseguir fue, además de la merienda un mechero que me encontré en un cajón, del que saltaba la chispa pero no encendía, aunque pronto convencí a Paquito de que con él podiamos encender fuego haciendo saltar la chispa sobre las hojas secas, que en la selva debían ser muy abundantes.
Sentados en el portal del patio de David Rico empezamos a trazar el plan de de lo que iba a ser nuestro inmediato viaje y, considerando que debíamos estar fuertes, decidimos merendar mientras decidíamos hacia dónde debíamos dirigirnos y calcular el tiempo que más o menos íbamos a tardar.

A pesar de que no llevábamos ninguna impedimenta, decidimos llevar nuestro carro sin ruedas, para con él, acarrear los alimentos y útiles que pudiéramos ir encontrando por el camino, y como el lugar donde nos encontrábamos era la C/ Eugénio Montes, semiesquina a la C/ Antonio Maura, pensamos que lo mejor era dirigirnos a la C/ Lamberto Amat para desembocar en la Carretera de Monovar, que casi seguro nos pondría en dirección de ÁFRICA.

No habíamos recorrido ni la mitad de la C/ Eugenio Montes, cuando a la altura de donde estuvo la fábrica de productos químicos "KAROLA", FRENTE A LA FUNERARIA QUE POR ENTONCES ALLI HABÍA Y DONDE LOS DÍAS CINCO DE ENERO SOLÍA PEDIR ALGO DE PAJA PARA LOS CABALLOS DE LOS REYES, mi amigo Paquito empezó a sentir la morriña de su madre, -encantadora matrona de ojos azules y pelo blanquísimo que solo salió a la calle el día de su entierro, debido a que por el asma y a la excesiva gordura que padecía el asma no podía bajar y subir las escaleras de un tercer piso-, y muy seriamente me dijo:

Juanito, ¿por qué no lo dejamos para otro día, cuando el carro tenga puestas las ruedas? Y MEJOR DOMINGO, PARA PODER SALIR POR LA MAÑANA TEMPRANO.

Yo traté de convencerlo de que era mejor que siguiéramos, ya que ya habíamos empezado el viaje y le aseguré que cuando Tarzán supiera todo el recorrido que habíamos hecho para conocerlo, seguro que nos premiaría con parte de alguno de los tesoros que él conocía, pudiendo volver para hacer ricos a nuestros padres.

Pero como a causa de mi presión, presentí por la forma en que se le humedecían los ojos, que de un momento a otro se iba a poner a llorar, desistí de mi intento y cogiendo la soga que arrastraba nuestro insólito carro sin ruedas, lo hice girar en redondo, no sin alguna dificultad e invité a a mi amigo para pasar el resto de la tarde jugando con los bichos en el bendito patio de mi abuela, lejos de los peligros de las intrincadas selvas.

martes, 18 de enero de 2011

MISCELÁNEAS DE MI NIÑEZ


Con salida a la Calle de D. Antonio Maura - que dicho sea de paso fue el abogado que defendió a mi abuelo Guillermo Cabrera Navarro en un pleito trascendente que ganó- se alzaba poderoso, el portón antiquísimo de la Casa de mi abuela materna, que daba paso a una muy amplia entrada DONDE SE ALOJABA EL CRISTO NAZARENO LOS DÍAS DE SEMANA SANTA.

Esta entrada se comunicaba con una salita a través de una puerta liviana de dos hojas con cristalera a partir de su mitad superior, a la que daba intimidad un visillo traslúcido por cuyo través podía apreciarse perfectamente, desde lejos, la silueta de cualquiera que a él se acercara.

En esta salita había un tresillo compuesto por un sofá y dos magníficos sillones de mimbre, cuyos adornos resaltaban porque sus contornos estaban encerrados por un ribeteado de color azul.

Colgado en la pared, justo sobre el centro del sofá había un reloj con puertecita de cristal, y su péndulo. Más que importunar acentuaba el sosiego de la estancia con su casi imperceptible balanceo, que solo se interrumpía cuando la mano de su genio, (mi tío Tiburcio), infundía nuevas fuerzas a su corazón, que sin ser requerido y siempre puntual, con la gravedad propia de su señorío liberaba las horas, que instantes antes, retuvo amenazadas por las flechas de sus manecillas.

En el centro del semicírculo formado por los tres muebles había una mesita, también de mimbre, sobre la que se apoyaba estrictamente en toda su extensión, una lámina que representaba un paisaje oriental, con lago, puentecito y cisnes, además de un par de geishas que protegidas por sus respectivas sombrillas se alejaban por un sendero y sobre ella, como para protegerla, un cristal cubría toda su superficie.
Separaba a aquella salita de lo que hacía las veces de comedor una cortina de un rojo mate que generalmente estaba recogida, aunque por las tardes, cuando venía a festear el novio de mi prima Carmen, el inolvidable José de Juan Gutiérrez, para todos Pepe, q.e.p.d., misteriosamente quedaban echadas, permaneciendo invisible el rincón del sofá ante la vista de mi pobre abuela que normalmente no acudía a esa dependencia y que además ya estaba casi ciega.

El único que incordiaba a la pareja, más bien a Pepe, era yo, que con mi presencia interrumpía la buena marcha del idilio y predisponía a mi prima a mantener una actitud recatada por temor a que yo pudiera aparecer en el momento mas inoportuno, lo cual provocaba el mal humor en Pepe, que a veces se enfurecía.

Pero mira por dónde, sin ninguna mala intención y ajeno a lo que allí ocurría, yo entraba y salía sin prestar atención a las frases con que Pepe me increpaba, ni a sus miradas de pocos amigos. Llegando a tal extremo mi inocencia que hasta muchos años después, nunca comprendí el motivo de sus enfados.

Me fastidiaba a mí también tener que pasar por delante de los novios, pero era mi único camino para llegar al patio, donde ya a nadie molestaba y en donde podía dedicarme a todas mis aficiones preferidas: "matar hormigas, cazar moscas, comer hojas de geranio, jugar en el agua de la pila, hacer experimentos"

También hacía cárceles para los bichos. Vaciaba los tapones de sidra abriendo en ellos una ventanita hasta conseguir el espacio suficiente para encerrar a un bicho o a varios según su tamaño, cerrando el hueco traspasando alfileres a través del corcho a modo de reja, no teniendo mas que levantar cualquiera de ellos para introducir al bicho y después volverlo a bajar para que ya no pudiese salir. Me gustaba encerrar a las moscardas porque gruñían en su interior zumbando en sus micro vuelos y cuando ya me aburrían levantaba el alfiler lo justo para que pudiesen sacar la cabeza y las acribillaba bajando la aguja, aunque alguna que otra también se me escapó. (¡Joder, qué malo que era!)

Tuve una temporada en que mi afición al ahorro estuvo fuera de lo común.


En la cuadra anexa al patio de la casa de mi abuela había en una pared una piedra bastante grande que estaba casi suelta. La saqué y escarbé un hueco detrás de ella, de forma que si después la ponía, aparentemente allí no había nada. 

En el hueco excavado, cabía con cierta holgura una caja de las de Puros Farias, de los que se hacían a mano por entonces en la Tabacalera de Alicante y que con tanta fruición fumaba mi padre. Este tipo de puros se hacían también en la Tabacalera de Tarragona, pero la diferencia de calidad se apreciaba hasta con la vista.

La caja era de madera y me imagino que mis coetáneos se acordarán de ellas.

Por dentro iba forrada de un papel terso y suave al tacto pero fuerte y resistente y en la lámina que forraba la tapadera por su interior, había una efigie en lo que parecía un medallón, cuya imagen no recuerdo a quien representaba.

En esa caja metí un pequeño bloc de notas y un lapicero, y en él iba anotando las cantidades que iba depositando.
No sólo anotaba los ingresos y arrastraba el saldo, sino que determinaba en qué tipo de moneda tenía repartido mi tesoro, es decir: tres pesetas en papel, una de ellas de Cristobal Colón; cuatro rubias, dos del uno y dos de la cara; seis reales, dos del barco y cuatro de las flechas; veintiuna monedas de diez céntimos; nueve monedas de cinco céntimos...

Aquello duró hasta que un día descubrí algunas monedas más de las que yo tenía controladas y una nota que decia: TE DESCUBRI, "LA MANO NEGRA".

Ya no encontré ningún lugar que fuera propicio ni fiable y mi amor por el ahorro se disipó quizás porque lo que lo mantenía era aquella emoción indescriptible que sentía al llegar al escondite y tras sacar la caja y observarla con un placer casi lascivo, contaba mi dinero y repasaba mis apuntes como si fuera uno de aquellos riquísimos judíos que en su avaricia contaba su dinero constantemente.

Esta imagen que creo que todos siempre hemos tenido de los judíos, "por narices" debe de ser porque siempre así nos los describieron, incluso en los cuentos, LO QUE ME HACE PENSAR AHORA, AUNQUE NO LO PENSARA ANTES, que el antisemitismo siempre ha sido un sentimiento generalizado. En unos abiertamente y en otros de forma solapada.

A mi ni me van ni me vienen. Los comprendo en cierto modo porque sé que algunas reivindicaciones cargadas de violencia, pueden ser más molestas que una mosca cojonera, especialmente cuando proliferan los actos terroristas. Pero no me ha gustado nada, nada nada, verlos inmersos en actividades con muestras de crueldad extrema, que cuando han sido ejecutadas por otros siempre me han inspirado desprecio y que vistas en ellos, además de desprecio me han provocado decepción después de mostrarse como víctimas durante más de cincuenta años.

Pero así es la vida,"hay de todo como en botica". Cada cual se entiende a si mismo y todo tiene una explicación. Y lo que a ti te importa, a mí me la trae floja. ¿Qué camino hay que tomar entonces? ¿Qué actitud es la que debemos adoptar? ¿A quién debemos prestar nuestro apoyo?

Os sugiero que de momento apoyéis mi proyecto económico. Aquí cerquita está titulado "Para poder criticar hay que dar alternativas".

No tiene raza ni credo y solo se fundamenta en la lógica. Y además es justo y necesario. Si teneis algún conocido que pueda catapultar me hasta las altas esferas para que pueda desarrollarlo en presencia de quien puede decidir, echadme una mano.